En 1991, y años después del estreno de “Tres Tristes Tigres” (Raúl Ruiz, 1968), la Revista BOMB entrevistó a Raúl Ruiz respecto a su ópera prima. Al hablar de la trama del filme, el director aseguró que había creado «un filme sin historia; lo contrario a una historia. (…) Todos los elementos de una historia están ahí, pero son usados como un paisaje, y el paisaje es usado como una historia». A medida que iba progresando “El viento sabe que vuelvo a casa” (José Luis Torres Leiva, 2016), no podía evitar hacer paralelos del largometraje con los dichos de Ruiz. ¿Por qué?

Bueno, a comienzos de los años ’80, en la Isla Meulín, provincia de Chiloé, una joven pareja de novios desaparece en los bosques de la zona sin dejar rastro alguno. O al menos, eso se cuenta en el filme. Todo un mito se creó en torno a esta misteriosa historia de amor trágico, el cual quiere ser reproducido por el documentalista santiaguino Ignacio Agüero, para realizar su primer largometraje de ficción. Luego de viajar a Chiloé, Agüero se embarca en una travesía en busca de locaciones y actores no-profesionales, para finalmente descubrir poco a poco el desarrollo de su película… y el de la película en sí.

De una manera muy superficial, el filme más reciente de José Luis Torres Leiva pareciera tratar de la búsqueda de un director sin una resolución aparente; una trama que no lleva a nada. Inexistente. Solo diálogos y viñetas. Sin embargo, la fortaleza del filme recae en aquellos diálogos y viñetas que, ante el espectador, construyen el paisaje de un pueblo olvidado que tiene mucho para ser recordado. Porque acá, el paisaje es la historia. En el momento en que los créditos del filme comienzan a desplegarse en la pantalla, ya tenemos claro lo que hemos visto: una carta de amor para la Isla Meulín. De esas bonitas, que son leídas en voz alta, para que todo el mundo se entere de las grandes cualidades del destinatario, que quizás habían sido miradas en menos por los demás. Sin embargo, aquella carta de amor tiene más de un receptor.elvientosabequevuelvoacasa_2La importancia que han tenido las incursiones de Ignacio Agüero en el género documental chileno es tremenda, y Torres Leiva tiene esto más que claro. Siendo el protagonista principal del filme, Agüero dialoga con la gente de los alrededores de Chiloé de la forma que siempre se ha caracterizado en las películas de su autoría; de manera calmada, curiosa, y, por sobre todo, haciendo un gran uso de su calidad de oyente. De esta manera, el filme pasa de ser un retrato de un humilde y bello lugar, a ser un sutil homenaje a la trayectoria del documentalista santiaguino. Todo esto, de parte de alguien que escuchó sus relatos, de la misma manera que Agüero escuchó a centenares de personas a lo largo de su carrera. Pero no, señores, el filme tampoco se queda ahí.

Teniendo a Ignacio Agüero –reconocido documentalista santiaguino–, y a la Isla Meulín –lugar con muchas historias por contar– en sí como protagonistas principales, el filme se desarrolla bordeando una muy delgada línea entre la ficción y no ficción, hecho que se ve evidenciado desde los primeros momentos del filme. La señal más evidente, y la primera con la que se encuentra el espectador, es el letrero escrito a mano que anuncia las audiciones del futuro largometraje de Agüero, el cual tiene el mismo título de la película que se encuentra experimentado el espectador en aquél momento: “El viento sabe que vuelvo a casa”. En el fondo, eso es lo que termina siendo el filme de Torres Leiva; una obra de ficción basada en la vida real y un documental de su propia realización. Y paremos ahí.

“El viento sabe que vuelvo a casa” es de esas películas que son un verdadero viaje. Literalmente. Contar más ya sería arruinarle la sorpresa a quienes quieran embarcarse en esta historia, y quienes lo hagan, se encontrarán con hermosos paisajes, buenas historias, y algo que contarle a sus seres más cercanos. Como en todo buen viaje, cada espectador rescatará algo diferente de su travesía; algunos se quedarán con la sencilla vida de la gente de la Isla Meulín, otros menos informados quedarán interesados en la labor de Ignacio Agüero detrás de una cámara, y más de alguno querrá adentrarse en otro hermoso retrato filmado por José Luis Torres Leiva. Pero si hay algo en que todos los espectadores van a concordar, es en que querrán volver a vivir el mismo viaje, una y otra vez.

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