La noche ya se había adueñado del viernes y el Estadio Monumental ya se encontraba repleto. Cinco minutos antes de que bajaran las luces y el público se dejara llevar por Axl Rose y compañía, las gráficas que acompañaron a Guns N’ Roses adelantaban lo que sería el concierto: un tiroteo de éxitos.

A las 20:30 en punto, alejando todo temor de impuntualidad de parte de la banda, “It’s So Easy” dispara hacia la noche en Stgo Rock City. Al frente, la trinidad histórica del grupo formado en 1985: Axl Rose en voz, Duff McKagan en bajo y Slash en guitarra. Junto a ellos, la banda completada por Dizzy Reed, Richard Fortus, Frank Ferrer y Melissa Reese.

Los excesos que algún día protagonizaron la vida de la banda en camarines, hoy se traducen en excesos sobre el escenario. Entre la pirotecnia usada como bienvenida y despedida del show, también se dejó notar los constantes alargues de la banda, mientras Axl desaparecía por momentos, sólo para volver con un nuevo vestuario.

McKagan se hace cargo del micrófono con la rápida “Attitude”, para dar paso a un bloque más introspectivo con temas como “This I Love”, “Civil War” y “Yesterday”. Mientras Axl cantaba que el ayer no tenía nada para él, los tres miembros originales de Guns N’ Roses se reunen al centro del escenario, como si el tiempo no hubiese pasado. Un verdadero agradecimiento a ese ayer que los juntó en la ciudad de Los Angeles en los años 80.

Con una voz para nada débil, un mejorado estado físico que lo tuvo corriendo de esquina a esquina por todo el escenario y el micrófono como arma, Axl Rose deja atrás todo prejuicio de la peor época en vivo de la banda. Mientras él realizaba uno de sus cambios de ropa, McKagan y Slash tomaban el protagonismo, logrando complicidad con un público que tuvo que esperar menos de un año para volver a verlos.

Los siete minutos de Slash interpretando su propia versión de las canciones con las que Nino Rota musicalizó El Padrino en 1972, se suman a “Wish You Were Here”, cuando mientras el público coreaba sin problemas el éxito de Pink Floyd, en la oscuridad del escenario era instalado el piano con el que Axl entonaría “November Rain”.

Los homenajes no se detendrían ahí. La rendición de “Black Hole Sun”, original de Soundgarden, no dejó a nadie indiferente en un tributo a Chris Cornell que le puso la piel de gallina a todos. O quizás, sólo fue el viento que anticipaba la fría lluvia del día siguiente. Más pirotecnia que dio lugar al único bis de la banda, que regresó con dos de sus éxitos de más alto calibre: “Don’t Cry” y “Patience”.

Las tres horas y diez minutos del extenso e incansable show, tuvieron como broche de oro a “Paradise City”, con la que Guns N’ Roses mandó a casa a sus fanáticos en medio de un vendaval de guitarras, fuegos artificiales y rock que, la noche del viernes, no falló.

Fotografías de Miguel Fuentes.

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