Desde que Elvis movió su cuerpo de manera desenfrenada y libidinosa en televisión, el rock quedó proscrito entre el establishment del mundo adulto blanco. Sexo, drogas y rock ‘n’ roll sería el lema desde los años 50. La música rock vendría a plantarle cara a la hegemonía de la militarización, la moral y el progreso de la posguerra, sería la mancha en el cristal del mundo occidental conservador.

Si bien, el rock tiene una naturaleza contestataria desde su origen, uno de los tantos hijos que parió durante las décadas siguientes logró ser la voz de la rabia. Desde que Iggy Pop pisó el escenario con sus Stooges por primera vez, la tierra se sacudió de espanto al ver la sangre del delgado vocalista recorrer la tarima. Movimientos erráticos y dementes, cortes con botellas, gritos, saltos a una juventud deseosa de descontrol.

Los Stooges son fundacionales, la inspiración de aquellos que escupían en las coronas de flores hippies y que deseaban expresar rabia más que amor. La generación de bandas que tomó ese sentimiento como elemento de creación fue diversa. Desde los anti-todo Sex Pistols hasta los comprometidos The Clash, incluso la oscuridad de Joy Division es tributaria de este influjo. De ahí en adelante, el punk mutaría de banda en banda, de continente en continente, pero siempre con esa naturaleza enrabiada que lo representa.

Quizás eso ha hecho que el punk sea un movimiento duradero, esa capacidad de tener una filosofía, una forma de ver y sentir el mundo, independiente de su forma. La ductibilidad de un estilo que no duda en fusionarse con el thrash metal; que puede ser denso y agresivo hardcore, instrospectivo emo o incluso cacofónico y experimental noise rock. El punk es un camaleón viajero, puede estar en Londres, Washington DC, Euskadi o Santiago de Chile.

Las formas no hacen transar su fondo. La rabia de esos Stooges semidesnudos y primitivos se torna una manera de autodefensa frente a la sociedad conservadora, frente a los enemigos de una juventud en explosión. La autodefensa mediante el DIY, la propuesta artística, los colectivos o la ideología. Así como enemigos, el punk encontraría muchos aliados entre yonkis, rechazados, raros.

El punk va más allá de los discos, más allá de la música. De hecho, se podría afirmar que el movimiento punk es anti-música, en contra de esa gloriosa joya que pulen hasta el absurdo los músicos progresivos. Cuando un estilo, una forma de ver la existencia en forma de acordes de quinta es transversal a distintos aspectos de la cultura, estamos frente a un fenómeno tan humano que cualquiera podría adherir. La idea del punk es que cualquiera puede serlo (y hacerlo), sólo hace falta un poco de ruido en nombre del arte.

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