El rugido punk se había apagado entre las fuerzas policiales y la moral del nuevo gobierno conservador que ahora tomaba el mando del Reino Unido. Una enorme figura de hierro se cierne sobre las islas británicas, una penumbra que trae consigo un modelo económico feroz para frenar la debacle financiera y productiva que Inglaterra arrastraba desde mediados de la década de los setenta: Margaret Thatcher abría los años ochenta con una indiscutible mano dura y la necesidad de restablecer el orden en el país.

La Inglaterra de la “dama de hierro” se yergue como un país centralizado, neoliberal y fuertemente conservador. La aplastante victoria de la derecha en las elecciones fue más allá del número de escaños en el parlamento. Thatcher busco reprimir y darle el sello de la moral conservadora a todo aspecto dentro de la vida británica. Comenzó por los sindicatos para luego seguir con la privatización masiva de empresas. A esto le siguió la represión para con Irlanda y la minorías raciales dentro del Reino Unido y, por supuesto, hacia los grupos de inadaptados y extraños que representaba el punk. Si bien, Margaret Thatcher no mató el punk, si hizo que retrocedieran y sus espacios de expresión se fueran haciendo reducidos.

En medio de este golpe cultural que Thatcher da a Inglaterra, surge The Smiths, casi como una respuesta altanera y prodigiosamente odiosa hacia el nuevo gobierno del país. Y es que The Smiths es una de esas bandas que sin tener un sonido marcadamente punk, son más punks que otros grupos. Contestatarios, artísticos e irreverentes, fueron una luz en medio de las tinieblas del “thatcherismo”.

The Smiths es la banda sonora principal de una época en que ser joven y de clase obrera era estar contra Thatcher. El mismo Morrisey le dedica unas líneas en su autobiografía: “Thatcher, ni dama ni de hierro, es un hacha humana incapaz de comprender el error propio. La déspota se regocija en la en la destrucción de los mineros, un alma infeliz y maligna que sonríe triunfal cuando, siguiendo sus instrucciones militares de paz armada, se torpedea un barco argentino repleto de adolescentes…”. The Smiths es el malestar frente al nacionalismo, la guerra, la represión… una mirada de asco al goce con el neoliberalismo y la pomposa fiesta con que empresarios, políticos conservadores y la familia real disfrutaban.

El discurso moralista de “las dos naciones” (es decir, una Inglaterra trabajadora, cabizbaja y otra llena de vicios y pereza), propio del thatcherismo, golpea fuertemente a los movimientos juveniles, pues hace que estos retrocedan o finalmente se duerman. The Smiths, por su origen obrero y sencillo, forman parte de este Reino Unido despreciable para los conservadores. Por eso es tan icónica la presentación de la banda en el programa televisivo Top of Pops, cuando Morrisey sale a escena con una ramo de flores y baila desenfadadamente. Su camisa holgada y abierta, la danza despreocupada, el misticismo pop del escenario. Los provincianos Smiths, gente común de ningún lugar importante plantan cara a un gobierno moralizante.

Y las letras de Mozz ayudarían a agrandar esta leyenda de rupturistas en medio de la pacata Inglaterra de los 80. Porque la polémica y “el filo de la decencia” de la lírica de The Smiths siempre fue una provocación hacia el thatcherismo recalcitrante y conservador de la época. Canciones como la impactante Suffer Little Children (que habla sobre los asesinatos de niños en la pradera de Saddleworth entre 1963 y 1965), la crítica al violento sistema educativo del país en The Headmaster Ritual y Barbarism Begins At Home, la irreverencia hacia la figura casi sagrada de la reina en The Queen is Dead y las crudas imágenes poéticas y místico-religiosas en Bigmouth Strikes Again dan un carácter de transgresor a la banda. Este elemento en las letras, sumado a la ambigua sexualidad de Morrisey y sus polémicas actuaciones en vivo llevó a que The Smiths fuese una resistencia al férreo gobierno de Thatcher.

The Smiths, la banda que oscila entre la rebeldía de James Dean y la sensibilidad poética de Oscar Wilde conquistaría el alma de la juventud inglesa durante cuatro duros años. La banda se separó en 1987; tres años después, Margaret Thatcher dejaba el poder y una centroizquieda más progresista recuperaba el cargo de primer ministro luego de once años. El nuevo gobierno liberalizó el país y con ello, surgieron los movimientos juveniles que vendrían en los locos noventas… britpop, drogas, rock and roll: la “common people” volvía a ser relevante en la cultura pop.

Pero, esos años dorados de la música británica (se puede entender incluso desde lo comercial, fue una segunda “invasión británica” en USA), no hubiesen podido ser sin el aporte trascendental de The Smiths. Ellos allanaron el camino de los movimientos juveniles que les siguieron, rompieron con la moral conservadora a punta de guitarras juguetonas, ambiguedad sexual y descarada poesía. No se necesita ser estridente cuando This Charming Man suena más ruidosa que las bombas, las sirenas de la policía y el himno nacional.

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