Los Prisioneros, la icónica banda de los ochenta liderada por Jorge González, volvió a reunirse como trío en 2001. Luego de arduos ensayos llenaron por dos noches consecutivas el Estadio Nacional de Chile, transformándose en el primer grupo musical que lo consigue y sin ningún tipo de auspicio. Pero ¿Cómo se gestó este histórico regreso? A continuación adelantamos parte de un capitulo de “Jorge González: Una Historia Original“, el último libro del periodista Manuel Maira y que ya se encuentra en librerías.

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La pregunta que más le hicieron en los últimos años era si se juntaría algún día con Los Prisioneros. Hubo varios intentos fallidos por reunir al grupo. El más importante fue el de la productora Providencia Televisión, cuando en 1994 hizo una millonaria oferta que le hizo sentido a todos, menos a Jorge. Ahora, ese día había llegado.

En septiembre de 2000 comenzó a gestarse la idea de reunir a la formación original de la banda. En ese tiempo, Jorge trabajaba en la recopilación de grabaciones en vivo de Los Prisioneros para el disco El caset pirata, con EMI y estaba disconforme con el material. Consideraba que no había buenos registros y eso le dificultaba el proceso de elegir las canciones. Ahí se convenció de que era una buena idea hacer un gran concierto y grabarlo para cerrar el ciclo de la banda.

Entusiasmado, llamó a Miguel y Claudio y acordaron con su primer manager, Carlos Fonseca, reunir a la formación original de Los Prisioneros en un concierto fijado para diciembre de 2001 en el Estadio Nacional. Trabajarían todo ese año preparando el hito que volvería a tener a los tres integrantes fundadores del grupo sobre un escenario, a doce años de la última vez. Como era una bomba noticiosa, decidieron detonarla por partes.

Lo primero fue preparar el terreno, haciendo un disco tributo a Los Prisioneros con canciones de la banda versionadas por artistas como Florcita Motuda, La Ley, Gondwana, Lucybell, Los Miserables, Fiskales Ad-hok, La Pozze Latina, Javiera & Los Imposibles y Makiza. El proyecto estaba comprometido con el sello Warner Music y corría al mismo tiempo que El casete pirata, el primer álbum en vivo del grupo.

Jorge estaba pendiente de cada detalle del disco tributo y trabajó junto a Fonseca en la lista de invitados. Como lo admiraba desde niño, invitó a Florcita Motuda, que aportó su propia mirada a una nueva versión de “¿Por qué no se van?”, con nuevos versos y renovado título: “Mejor yo me voy del país”. El sonido era un tema importante y para eso buscó a Chalo González, que había grabado el disco Ser humano! de Tiro de Gracia, uno de sus favoritos del último tiempo. Un día consiguió su teléfono y lo llamó personalmente para que participara como ingeniero de grabación en el álbum que incluyó 18 canciones.

No había certeza si Jorge participaría del disco porque su prioridad era rehabilitarse y en esa etapa del proceso, su vida social tenía restricciones. Estaba refugiado en la contención de Loreto que lo seguía en todas sus actividades. Como el problema no estaba del todo superado, tuvo que viajar por segunda vez a Cuba. Esta vez Loreto lo acompañó, aprovechando de aprender mucho sobre su enfermedad.

Después del segundo tratamiento volvió apto para las exigencias del regreso de Los Prisioneros.

La producción del disco tributo avanzaba. Carlos Cabezas, de Electrodomésticos, era uno de los invitados y tenía a cargo la canción “Estar solo”, incluida originalmente en el disco Pateando piedras de Los Prisioneros. Uno de esos días recibió en su estudio de calle Sucre, en Providencia, a Álvaro Henríquez para una sesión de coros. Cabezas trabajaba en paralelo para la banda sonora de una película del Roberto “El Rumpy” Artiagoitía, que ese día pasó casualmente al estudio. La escena la completó Jorge al llegar sin aviso.

Fue una sesión de amigos tocando canciones como si estuvieran en el living de una casa. La presencia de Jorge fue tan inesperada como los créditos de la interpretación del tema: Cabezas, González, Henríquez y Artiagoitía. Al final de la sesión, Jorge pasó a dejar en su auto a Artiagoitía a su casa.

—Tengo que darte las gracias por algo que hiciste —le dijo al popular conductor radial.

Jorge estaba agradecido porque “El Rumpy”, en el programa Pase lo que pase de TVN, defendió sin rodeos la decisión de internarse que tomó para superar su adicción. Dijo que Jorge era valiente por contarlo e inteligente por querer tratarse. Ese día, su madre, Aída Ríos, estaba viendo el programa y quedó más tranquila con lo que estaba haciendo su hijo.

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Volver a tocar con Los Prisioneros le daba la posibilidad de celebrar los himnos que dejó con la banda ante un público que con el tiempo había crecido. También serviría para darse el gusto de sepultar los problemas técnicos que persiguieron al grupo cuando tocaban en vivo. Consciente de que era histórico, Jorge quería que fuera el mejor show de Los Prisioneros y, de paso, aprovechar de ganar todo el dinero que le fue esquivo durante la primera etapa de la banda.

En agosto de 2001, Jorge ya había vuelto de Cuba y empezó a ensayar discretamente con Miguel y Claudio en una sala ubicada al final de un pasaje en la calle San Ignacio, a la altura de Santa Isabel. La energía entre ellos recordaba los mejores tiempos del grupo

Los tres integrantes originales de Los Prisioneros era una imagen que cualquier medio hubiera querido tener, pero la noticia no podía filtrarse y Carlos Fonseca había tomado los resguardos necesarios. Al principio, nadie más que los tres músicos y él sabían del plan. Pero pronto hubo que convocar al equipo técnico que trabajaría en el regreso. Junto al manager, Jorge definió los nombres de los integrantes que trabajarían con el grupo en esta nueva etapa. Para los primeros ensayos, en vez de darles la dirección de la sala, Fonseca los citaba a una esquina cercana para luego llevarlos caminando. Nada podía arruinar el plan de comunicación de una noticia histórica para la música chilena.

En la sala, Jorge y sus compañeros entraban lentamente en rodaje para ir preparando un concierto exigente. Los tres iban sacando canciones, definiendo poco a poco el repertorio que Jorge iba pensando cómo distribuirlo durante el concierto. En paralelo iba regularmente al gimnasio, para mejorar su estado físico.

Para cumplir con el desafío tenía que seguir rigurosamente su proceso de rehabilitación. En octubre de 2001, en medio de los preparativos, nació Leonardo, el hijo que tuvo con Loreto. Para no poner en riesgo su tratamiento, acompañó a su mujer durante toda la estadía en la clínica. Estar solo era una amenaza.

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El plan del regreso contemplaba la grabación de una canción nueva para el público. Era “Las sierras eléctricas”, compuesta por Jorge en 1989, durante la época previa al disco Corazones. En Estudios del Sur, que entonces estaban ubicado en la calle Santa María, cerca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Los Prisioneros grabaron el tema que fue lanzado el 5 de septiembre.

En los medios circulaba el rumor del regreso, sin que hubiera señales concretas. El 9 de octubre Los Prisioneros dieron una conferencia de prensa en la desaparecida Feria del Disco del Paseo Ahumada, en pleno centro de Santiago, anunciando el show único programado para el 1 de diciembre de 2001. Días después aparecieron en el programa De pé a pá, para conversar con Pedro Carcuro y tocar en vivo por primera vez en público desde la separación.

No hicieron falta más entrevistas porque las entradas volaron rápido: un mes antes, el show estaba agotado. La única opción de sumar otra fecha en el Estadio Nacional era el día anterior y lo hicieron. La nueva fecha quedaba para el 30 de noviembre en el mismo lugar, anotando un hito histórico para los megaeventos en Chile. Hasta entonces, nadie había llenado dos veces consecutivas el Estadio Nacional, una hazaña que años después alcanzarían Madonna, Roger Waters y One Direction, pero a diferencia de todos ellos, Los Prisioneros lo lograron sin auspicios.

Para poder recibir a la cantidad de gente, se diseñó una especial disposición del concierto. El escenario, que en los espectáculos regularmente se ubica en la cabecera sur del Estadio Nacional, esta vez se instaló frente a la tribuna preferencial. Así, se ocupaba de mejor forma el espacio para recibir a los 70 mil fanáticos que llegaron a cada jornada.

Los Prisioneros habían ensayado mucho y estaban confiados de que superarían el estándar en vivo de Los Prisioneros en los 80. Un aspecto fundamental del show era el sonido, un karma para la banda en su época anterior. Habían invertido en el mejor equipamiento de amplificación del mercado y Chalo González fue el ingeniero elegido por Jorge para sacar adelante la tarea. Con la adrenalina de los minutos previos al primer show, Jorge se le acercó para darle una charla técnica que el ingeniero recuerda hasta hoy.

—Chalo, yo sé que esta cuestión es súper importante para todos, para ti también, porque tienes la responsabilidad de hacernos sonar como tú sabes hacer sonar a las bandas. Te voy a decir una sola cosa, un solo consejo te voy a dar, Chalo: mientras mi voz esté arriba, está todo bien. Si se corta la guitarra, se corta el bajo o se corta el bombo, ni te preocupes. Preocúpate si mi voz no suena, porque esto va a ser un karaoke de principio a fin. Y pásalo la raja porque va a ser un coro gigante de 70 mil personas, acuérdate de lo que te digo.

Desde la primera canción, los saltos de la gente movían la cancha del Estadio Nacional. Era tanta la alegría por ver en vivo a Los Prisioneros que pasó tal cual predijo Jorge. Fueron dos shows con un karaoke permanente que quedó registrado como material para un DVD y un disco doble.

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“Jorge González: Una historia original” de Ediciones B. Manuel Maira, periodista especializado en música y autor de los libros “Bajen la música” y “Canciones del fin del mundo”. Ya se encuentra en todas las librerías del país.

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