Por regla general, los actores nunca deben mirar a la cámara en una ficción para no romper la cuarta pared y, con ella, la suspensión de la incredulidad que nos permite creer en la historia que está siendo representada. Mirar a la cámara accidentalmente significaría dejar en evidencia la maquinaria tras la fantasía, rompiendo el hechizo y dejándonos con un gusto a farsa del que será difícil recuperarnos. Y si hay algo en un concierto que tiene efectos parecidos al del quiebre de la cuarta pared, son los problemas de sonido.

Luego de una charla el viernes 11 de agosto, Juana Molina se presentó la noche siguiente en el Teatro San Ginés, su primer concierto en el país desde 2014. Agotadas las entradas del sábado, pronto se agregó una segunda fecha para el domingo que también se vendió por completo: el interés por ver a una de las músicas más sobresalientes de Latinoamérica era bastante.

Reconocida en Estados Unidos y Japón, la trasandina ha ido encontrando su público sudamericano en los más jóvenes y en cualquiera que se entregue al desafío de su experimentación con sensibilidad pop y fuerte identidad de origen. Su mezcla de música de intrincada arquitectura con letras íntimas y reflexivas se ha ido afirmando con los años, sin caer en la auto parodia, y “Halo” -el disco que sacó en abril de este año y que venía a presentar- es la muestra de ello.

Por eso el sábado, luego del show de apertura de la colombiana Ela Minus (que terminó bastante arriba gracias a la excelente Volcán), la expectación se sentía. Cuando Juana Molina y sus dos músicos (Odín Schwartz, guitarrista, bajista y tecladista, y Diego López de Arcaute, percusionista) entraron para abrir el show con “Cosoco”, fueron recibidos con entusiasmo.

Si el primer gran error de este show fue elegir un espacio con butacas para presentar música que invita al trance y al baile, Molina lo arregló durante “Paraguaya” pidiendo que el público se pusiera de pie. Desde ahí, el concierto sólo agarró vuelo (en especial cuando sonaron favoritos del público como “Eras” y “Un día”), y poco importaron los chasquidos de un cable agonizante que se podían oír de vez en cuando.

Pero fue en “Sin dones” que los problemas de sonido se hicieron demasiado evidentes como para continuar ignorándolos, y Juana decidió darle tiempo a su equipo para que arreglara la falla. El diagnóstico tomó varios minutos (y más cambios de cables y cajas directas de los que se necesitaban), pero la artista pudo manejar todo con gracia y en complicidad con sus músicos y el público.

El problema vino cuando la producción le avisó a Molina que le quedaban 15 minutos de show y, luego, el sonidista concluyó que la única solución posible al problema de audio era que Odín no usara su guitarra. La situación ya parecía un chiste de Felo cuando, antes de interpretar “Lentísimo halo”, la cantautora pidió que le bajaran un poco las luces sólo para que nada ocurriera.

No hay nada que rompa más el hechizo de un concierto, que deje más en evidencia la maquinaria detrás de su fantasía, que cuando los errores del equipo técnico se cruzan delante de la música.

El mal trago se fue pasando gracias a canciones como “Bicho auto”, “Ferocísimo”, “Ay, no se ofendan” y el gran cierre con “Sin Guía, No” (todas del disco de 2013 “Wed 21”), ejecutadas virtuosa y apasionadamente a pesar de las condiciones adversas.

No es sólo una lástima, sino una falta de respeto con el público y la artista, que una situación así no se maneje de las mejores formas. Pero Juana Molina todo lo pudo y su música sonó más fuerte que el caos alrededor.

*Fotos via RedBull

Comenta acá