“Volverme famoso probablemente no era mi destino. Me dicen que por eso lo estoy pasando mal… ¿Por qué lo elegí? Es curioso“, dice una parte de la carta que Kim Jonghyun, miembro de SHINee, dejó antes de suicidarse.

En febrero de 2015, Sojin del reality show Baby KARA se quita la vida, un mes después de que su contrato con DSP Media se acabara y no formara parte del grupo April. Padecía depresión.

Dos ejemplos que dejan abierta la interrogante de cómo influye el ritmo de trabajo de la industria del entretenimiento en Corea. Adolescentes de apenas 14 ó 15 años (incluso menores) entran a una especie de Juegos del Hambre, donde dejan sus vidas comunes y silvestres atrás.

La exigencia es evidente: desde jóvenes viven lejos de sus familias en residencias de las disqueras. El tiempo no les da o no tienen permisos para tener, por ejemplo, citas o vidas fuera de cantar y producir material. Dado lo prolijo que es el pop coreano, ningún detalle puede salir mal y la sobreprotección y alto control que tienen en las vidas de los llamados idols es reflejo de ello.

Otro tema a considerar es el tabú de las enfermedades mentales en el país asiático. Muchas veces las enfermedades psiquiátricas son ignoradas, mal tratadas y podría ser una de las principales causas de suicidio en Corea del Sur. La depresión es vista como una debilidad (aunque esto no dista mucho de lo que sucede en Occidente).

Ser emocionalmente maduro para soportar la presión de una industria exigente es un problema. Doble dificultad si es que padeces un trastorno o enfermedad mental, como fue el caso de Jonghyun hace unos días.

¿Qué queda ahora? El K-Pop es la ventana al mundo que tiene Corea del Sur, las reflexiones están sobre la mesa y el mundo está mirando lo que hasta hace poco era un “nicho”.

Comenta acá