En “Love”, Judd Apatow y Paul Rust se encargaron de crear una serie que es una joya por donde se le mire, así la veas desde el conocimiento o desde la (bendita) ignorancia de lo que significan las relaciones tortuosas cuando te vas acercando a los 30.

Protagonizada por el mismo Rust y Gillian Jacobs, a  “Love” la llevan las historias -juntas, separadas y revueltas- de Gus, el profesor de una niña actriz que pasa su vida en el set de una serie que nadie recomendaría, y Mickey, quien trabaja en una estación de radio y ve como su carrera profesional escala hacia una desconocida cima, mientras que la personal arrasa cual avalancha con todo lo que toca.

Recién estrenada su segunda temporada, la serie original de Netflix retoma con 12 nuevos capítulos la historia que quedó pendiente con un beso tras una inconveniente confesión de Mickey: por su adicción al sexo, al amor y las relaciones, quiere rehabilitarse y pretende alejarse de ese mundo por un año. Solamente existe el inconveniente de que entre ella y Gus se va generando una dependencia progresiva, muchas veces parecida al amor.

En el fondo, ambos son adictos: ella no puede mantenerse lejos de algo parecido a una relación en su vida, mientras que él, dentro de su inmensa torpeza con la que lleva su vida, no puede evitar querer solucionar la adicción de Mickey dándole, lo que él cree que es, una relación “normal“.

Entre la primera y la segunda temporada, la serie avanza en un periodo de menos de dos meses, lo que tendemos a olvidar entre el año de espera por ver algo nuevo y la sorpresiva rapidez en que nos devoramos cada uno de los capítulos. Tener en cuenta el tiempo es importante cuando recordamos que Mickey intenta rehabilitarse de una adicción, algo que no puede cambiar de un día para otro, y que ese cliché de que “el amor todo lo puede” no puede aplicarse en la vida de una mujer que no sabe como resolverla y de un hombre que lucha por hacerlo, llegando a invalidar lo que realmente quiere junto a ella.

Entre momentos espontánea y objetivamente adorables -como la improvisada ida a la playa-, y otros tristemente tensos -Gus comprando los pasajes de avión que Mickey se rehúsa a usar en una inesperada larga distancia con fecha de vencimiento-, en la segunda temporada de “Love” los orígenes de la personalidad de los protagonistas van quedando en evidencia con cada capítulo. En cada nueva entrega conocemos algo más de cada uno, y ya no les preguntamos tanto porque son como son, sino que comenzamos a comprenderlos de a poco.

“Love” no es una historia donde hay buenos y malos. No se trata como la terrible Mickey no sabe amar “como corresponde” al sacrificado y torpe Gus, por muy fácil que podría ser caer en esa malinterpretación. “Love” es tan común como los cigarrillos que Mickey enciende porque no es capaz de “dejarlo todo”, en cuanto a sus adicciones; “Love” es un hábito que parece estar bien en el principio pero que lo descontrola todo cuando se te va de las manos y comienzas a sentirte más parte de la historia.

Con una banda sonora que se convierte en un personaje más -que va desde Weezer y Fleetwood Mac hasta Twenty One Pilots y Chance The Rapper-, personajes secundarios que hacen aún más real la experiencia de ver “Love” -como el pololo flojo de la adorable Bertie, o la actriz con la que Gus tuvo un amague de relación en la primera temporada y que expulsa lo “tóxico” de su vida, o sea, a él- y una historia que sabe como romperte el corazón con cosas tan comunes como una videollamada o un viaje a la playa. Y así, ¿cómo no volverse adicto a ver “Love”?

Con una tercera entrega esperando a estrenarse durante el 2018, la segunda temporada de “Love” ya está disponible en Netflix.

 

 

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