El humo intoxicante de cientos de cigarrillos en un bar se sale de la pantalla para colarse entre los ojos de los espectadores. Porque así se llamó el primer capítulo de Mad Men, estrenado un 19 de julio de 2007: “Smoke gets in your eyes”. Y vaya que fue algo que se cumplió durante sus siete temporadas de duración.

De la mente y pluma de Matthew Weiner -productor y guionista de la prolífica Los Soprano-, Mad Men se transmitió a la par con importantes series como House en sus últimas temporadas, Game of Thrones con todo su éxito de sintonía, Breaking Bad y la excelencia de su historia; además de alcanzar a compartir época y alfombras rojas con los primeros caballos de batalla de Netflix: House of Cards y Orange is the New Black.

En 2007 no lo sabían, pero con la perspectiva del tiempo, Mad Men se convirtió en una nueva apuesta para mantener viva la última época dorada de la televisión como la conocimos, esa televisión que tenías que sentarte a ver, sin torrents si streamings de por medio. La serie se hizo cargo de los últimos albores de una era y llevó bien esa responsabilidad.

La historia del turbulento Don Draper (Jon Hamm) recorre la década de los 60 como uno de los mejores publicistas de la agencia Sterling Cooper, donde su talento innato salía a relucir en cada epifanía llena de poéticos slogans, quedándose con el cliente de turno. Y a pesar de lo fácil que pudiera verse la vida de un hombre en los 60 (o en cualquier época), el personaje que le valió seis nominaciones y un Emmy a Jon Hamm, estaba lleno de fantasmas de los que no consiguió completamente huir. Una infancia quebrada en un burdel de mala muerte, la oportunidad de una nueva identidad al volver de la guerra y una disfuncional vida familiar hicieron de Draper el mejor en su trabajo, porque era lo único que realmente tenía.

“La mayoría del tiempo buscan una combinación entre una madre y una mesera”, dice Joan Holloway (Christina Hendricks) a Peggy Olson (Elisabeth Moss), la nueva secretaria que encarnará la evolución y la lucha de su género por hacerse camino en un cerrado club de hombres. Y es que el whisky, los tóxicos cigarrillos que supieron venderse en una época de restricciones y los aires de superioridad eran cosa de hombres, las mujeres eran el bonito adorno en las oficinas de la Avenida Madison de Nueva York.

Peggy va más allá. En una de las historias más maduras de la serie, pasa de secretaria de Draper a crecer gradualmente en su vida profesional, mientras que en casa tenía un desastre emocional; en la pelea entre su carrera y el amor, el trabajo ganó cada round. Y aunque no tenía que ser una cosa por otra, en el ascenso de Peggy se refleja la mano protectora de Draper.

Weiner se dedicó a hacer de los hechos históricos de los 60 una circunstancia más que un punto de inflexión en la historia de sus personajes. Una serie donde las muertes de Marilyn Monroe o John Kennedy no transforman a nadie de forma gravitante y donde se lucha una Guerra Fría por conseguir nuevos clientes y subir de categoría a la agencia. Una década llena de cambios culturales y sociales, vividos a través de Sally (Kiernan Shipka), la adolescente hija de Draper capaz de dejar sordo a su padre, en agradecimiento por los boletos al histórico concierto de The Beatles en el Shea Stadium.

Machismo, sexismo, infidelidades, inestabilidad emocional y alcoholismo son parte del camino recorrido por Mad Men, en sus ocho años al aire.

No es casual que la séptima y última temporada fuera anunciada como “el fin de una era”. Después de siete temporadas y 92 capítulos, con Mad Men no sólo encontramos el fin de la década de los 60, sino también el fin de la televisión en su forma más tradicional. Así como Sterling Cooper se transforma a lo largo de las temporadas para terminar como SC & Partners, la televisión también se ha reinventado ante la competencia de plataformas online como Netflix, Amazon y Hulu, cada vez con más peso y presencia en la producción de series. En un ejercicio simple: de las siete nominadas a Mejor Serie en los próximos Emmys, sólo dos son producciones transmitidas en televisión. Las cinco restantes se dividen entre Netflix y Hulu.

Después de Mad Men, se consolidó una nueva era, una nueva forma de hacer y ver televisión, en un mundo donde todo debe estar al alcance de un clic, ya no da para el viejo ejercicio de agarrar el control remoto y esperar cada domingo por un nuevo capítulo. Pero siempre tendremos la nostalgia.

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