Un 5 de febrero como hoy Violeta Parra le puso punto final a su vida, dejándonos con el corazón abierto e imaginando cómo sería el Chile actual bajo los acordes rebeldes de la Violeta. Hace cinco décadas que la Viola Chilensis se fue a los cielos, pero su legado invaluable aún suena a todo volumen y es por eso que aún la recordamos.

Oriunda de San Fabián, hija de un profesor de música y una campesina. Hermana de un antipoeta y del primer guachaca. A la Violeta nadie la detuvo: arpillera, locera, cantante y por supuesto jardinera. Contó historias, habló de política y cosechó los secretos más recónditos del valle y de la cordillera.

Es cierto que a Violeta Parra no la callan ni a palos; una flor que no deja de florecer entre el musgo y la mala hierba, ¿Por qué será que la Violeta Parra no pasa de moda?

Un sonido ensordecedor, irreverente y contestatario. La Violeta es un canto a lo humano y  lo divino. El amor, el desengaño y la injusticia son el marco en donde posa su retrato sonoro más sensible y profundo. No se necesita estar triste, feliz ni enamorado para recurrir a la música de esta artista de la tierra, ya que su repertorio pasa de la cueca enfiestada hasta la composición melancólica de un “Rin del Angelito“.

No escuchar a Violeta Parra es como cerrarle los ojos a la historia. Sus tonadas y cuecas forman  parte de una banda sonora a la chilena que devela los misterios palpables de nuestro pasado. Los conflictos de Arauco, rituales ancestrales, Manuel Rodríguez, problemas urbanos e incluso la flora y fauna autóctona fueron en su momento la fuente de inspiración para la Viola admirable.

Si nos adentramos con cuidado y delicadeza al trabajo de Violeta Parra, encontramos el recorrido más minucioso por nuestro país. Sus óleos, tejidos y canciones proyectan una imagen a vena abierta de un país folclórico, la realidad más honesta de Chile. Los ojos de Violeta no dejaron nada fuera, no hubo postal que no la retratase: el minero acongojado, el niño a pies descalzos, el matrimonio en el campo y por su puesto, la ciudad ennegrecida.

Es por esto que cincuenta años nos pesa y nuestra admiración por una de las figuras más importantes de nuestro país no disminuye. La Violeta nos enseñó la otra patria, en donde la bandera que no flamea y los zapatos de cueca no se lustran. ¡Que tu canto nunca se silencie, Violeta Parra!

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