A continuación podrán encontrar leves spoilers de Rogue One: A Star Wars Story. Les avisamos. ¿Ya? Sigan leyendo entonces.

Estamos a pocos días de terminar un 2016 donde el sentimiento general es de pesimismo, ante una elección presidencial extranjera, la muerte de reconocidos personajes, ante la ordinariez de una muñeca inflable, ante el constante el odio repartido a diestra y siniestra en ese submundo que son las redes sociales. En un año así, hay un sentimiento que ha quedado de lado, pero es el que más tiene en cuenta en los últimos cartuchos que nos quedan por quemar de este año: la esperanza.

Una palabra, un sentimiento y una motivación que se encuentran de sobra en Rogue One: A Star Wars Story, que llegó esta semana a las salas nacionales para contarnos la historia de cómo un grupo perteneciente a la Rebelión fue capaz de robar los planos de la Estrella de la Muerte, y así desencadenar los acontecimientos que el mundo conoció con A New Hope, allá en el año 1977.

La absoluta decepción y abandono, la redención a través de una nueva causa en la que creer, y la ejecución de una venganza que comenzaría con la destrucción progresiva del Imperio Galáctico, son las riendas de una historia tomada y llevada por Jyn Erso, el delicado y rebelde personaje de Felicity Jones. Junto a Cassian Andor, un joven y atormentado participante de la Rebelión (Diego Luna) y K-2SO (Alan Tudyk), el droide simpático de turno con un humor tan oscuro como el tono de la película, van sumando peculiares acompañantes en su recorrido por la galaxia, incluido el ciego creyente Chirrut Îmwe (Donnie Yen) y su fiel Baze Malbus (Wen Jiang), que se roban la escena en un par de ocasiones, junto al renegado piloto Bodhi Rook (Riz Ahmed). Si leemos los nombres en paréntesis de las líneas anteriores, nos encontramos con uno de los repartos más diversos e inclusivos en lo que origen cultural respecta en la historia de la saga, algo que, en los tiempos que corren, es un tema que se mantiene constantemente en la palestra de la industria cinematográfica.

Rogue One se perfila como una de las películas más políticas y bélicas de la saga, y como ha sido el tono de las nuevas historias, olvidando absolutamente el tono diplomático que marcó a la segunda trilogía. Desde el desinterés de Jyn por la situación de la galaxia, su posterior interés con la Rebelión, pero a través de una motivación más personal que social, la presencia de rebeldes y rebeldes con ideas más extremas, hasta llegar al reprochable totalitarismo en manos del Imperio.

Y aunque, como repite constantemente Chirrut, “soy uno con la Fuerza y la Fuerza está conmigo”, no hay luz sin oscuridad y Star Wars no sería lo mismo sin sus icónicos villanos. Esta vez, es el turno de Orson Krennik (Ben Mendelsohn), un villano más bien mediocre, ávido de la aprobación de sus superiores, que termina siendo víctima de la que pensaba era su propia creación, pero que se convierte en una orden que jamás estuvo en sus manos ejecutar. Junto a él se encuentran dos viejos conocidos, siendo uno de ellos una hazaña de los efectos especiales de la película; por un lado, tenemos a Darth Vader, esperado por todos los espectadores, llegando más cruel que nunca en pocas apariciones que son las precisas y suficientes como para no pecar de fan service. ¿Y la hazaña? El regreso completamente digitalizado de Moff Tarkin, rol que en 1977 encarnó Peter Cushing, actor fallecido hace 22 años.

La dirección de Gareth Edwards se combina con el guion de Chris Weitz y Tony Gilroy, quienes en conjunto poseen un discreto número de películas e historias a su haber, pero que consiguen trazar de manera sólida los antecedentes de lo que será la lucha en contra del Imperio. Ningún personaje se siente forzado en la pantalla y todas las historias se sienten frescas, siendo inevitable compararlas con The Force Awakens, que para muchos no fue más que un remake de A New Hope con un nuevo elenco.

Por otro lado, esta es la primera película de Star Wars en que el legendario John Williams no es el encargado de componer la banda sonora, dejando el puesto libre para ser ocupado por Michael Giacchino (ganador del Oscar por su trabajo en Up), quien se vale de las clásicas melodías de Williams sin abusar de ellas.

La esperanza de Rogue One no se refleja solamente en la búsqueda constante de sus personajes de este sentimiento y motivación, también, así como la Fuerza, está con nosotros de principio a fin; la perdemos con la desintegración de la familia Erso, la recuperamos con la acción de los rebeldes voluntarios en búsqueda de los planos de la Estrella de la Muerte y la consolidamos con unas pocas lágrimas de emoción con las que nos deja ese final.

Un esperanzador final, que nos lleva directamente a nuestras casas a ver como continúa una historia que nos sabemos de sobra.

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