Aunque suene a cliché, la música transporta a las personas mentalmente, ya sea a un lugar o tiempo determinados o a la divagación de ideas, sentimientos y sensaciones. Por eso, cuando se habla de gustos o de conexión con una banda o género, cada ser humano vive de manera distinta a ese artista en particular en un instante específico de su existencia. A veces, quizás la mayoría de las ocasiones, no nos fijamos en la calidad de la pieza que escuchamos, sino en ese significado subjetivo que le hemos entregado… nos entregamos por completo al sonido y a ese sustrato fundamental que lo hace arte: el bombardeo de estímulos y la evocación de emociones.

Algo así me pasó con el regreso homónimo de Slowdive. Tocó una fibra sensible en el corazón, llegando al borde la contemplación. Si, está bien, generalmente en estos reviews paso a analizar el proceso creativo, producción y ejecución del disco, pero, en este caso; vale la pena detenerse en aspectos más subjetivos, aunque lo haré más adelante.

Desde lo estrictamente musical, nos encontramos con un disco sin demasiados elementos innovadores, se nota que el álbum es un rescate al sonido fundamental que los caracterizó en los 90. El disco nos recibe con la atrapante guitarra de Slomo, que además trae consigo esa marca registrada voces lejanas que dan la apariencia de susurros. La guitarra es un constante, pues el track que sigue (que también fue single del disco), tiene a las 6 cuerdas como protagonista. Star Roving es una descarga más enérgica de armoniosa distorsión, manteniendo siempre, por supuesto, el característico sonido ambiental.

Sugar for the Pill, con ciertos tintes más pop, incorpora más melodía a las guitarras, que juegan constantemente. Everyone Knows, el track que le sucede, sabe a nostalgia; pues evoca poderosamente el sonido noventero de la banda en esencia y ejecución. Mientras que Falling Ashes, la pieza que cierra el disco, estremece con los geniales juegos vocales y un piano entronca el juego de sintetizadores y guitarras. Slowdive, después de 22 años, nos trae de regreso a la médula de su sonido, al recoveco más profundo donde guardan una metodología que no cambia. Este no es un disco innovador, no es un trabajo resplandeciente… quizás jamás sea considerado una obra maestra, pero es un disco sólido y bien escrito que es una suerte de retrospectiva de una banda experimentada que sabe hacer las cosas bien.

Ahora, yendo más allá de la música en si, hay dos palabras para definir el halo que emana Slowdive (2017): intimismo y atmósfera. Si bien, ambos epítetos son propios de un género como el shoegaze, los ingleses llevan estos conceptos a una ejecución fenomenal. La banda presenta una postura abierta, sincera y cercana, con canciones cargadas de melancolía y honestidad tierna y desgarradora. Si a ese manifiesto le sumamos el atmosférico sonido de su música, obtenemos un disco introspectivo pero liviano, una dulce caricia de lluvia en estos días nublados.

Por esto, puedo llegar a pensar que si alguien me pidiera un disco para comenzar a escuchar Slowdive, recomendaría este álbum. Por supuesto que Pygmalion (1995) y esa joya alternativa llamada Souvlaki (1993) son discos maravillosos, pero creo que un iniciado agradecería partir su camino con este grupo por este trabajo, en el que están más viejos, más vividos… donde tienen mucho más que expresar y más cosas que decir. Los años han dado a Slowdive la sabiduría de transportar a los oyentes a un lugar más allá de la melancolía.

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