Se acababa la semana laboral y una constante en el público de Stgo Rock City fueron las poleras de banda de rock sobre la camisa de trabajo, del que seguramente salieron raudos a la cita con una de las bandas más destacadas de la historia del rock. Un público definitivamente maduro llegaba a ver el debut de The Who en tierras chilenas.

El Estadio Monumental se llenaba de a poco, tras un discreto setlist de la mano de Tyler Brant and the Shakedown. Rápidas miradas al reloj que marcaban la ansiedad, que se acabaría en pocos minutos, ante una espera que duró más de 50 años.

Haciendo suyo el cliché de la puntualidad británica, The Who aparece en el escenario a las 18:30 horas de uno de los viernes más agitados del año. Las figuras, a estas alturas, legendarias del vocalista Roger Daltrey y el guitarrista Pete Townshend, eran acompañados por una banda de primer nivel, formada por Simon Townshend (hermano de Pete) en guitarra, Jon Button en bajo, John Corey, Loren Gold y Frank Simes en los teclados y la potencia de Zak Starkey en batería.

The Who funciona como un reloj suizo, donde cada una de sus piezas actúa en el lugar y momento preciso. Los 90 minutos de actuación abrieron los fuegos con “I Can’t Explain”, dando paso a un éxito tras otro. A pesar de lo irónico que podría sonar el “prefiero morir joven antes que hacerme viejo” de “My Generation”, Townshend y Daltrey se convierten en dos máquinas de la música a sus más de 70 años, quizás con más energía de la que tenían al reventar sus instrumentos contra el piso, por allá en los años 60.

En el primer bloque, no pasó inadvertida la rendición de “The Kids Are Alright”, que aprovecharon de dedicar a Víctor Jara, en medio de los vítores de los fanáticos. En el fresco atardecer, siguieron canciones como “Who Are You”, “Behind Blue Eyes”, “Pinball Wizard” y “Won’t Get Fooled Again”. Un repaso por lo más indispensable de su carrera que tuvo en “Baba O’Reiley” uno de sus puntos más altos.

Mientras quienes se encontraban más lejos seguían los movimientos de la banda a través de las pantallas gigantes, se agradece la cámara que enfoca en primer plano a Zak Starkey sentado tras la batería. Su potencia, talento y legado no tan solo se escuchan, sino que se logran apreciar de forma gráfica por todos los asistentes. No por nada es el hijo de Ringo Starr y ahijado del baterista original de The Who, Keith Moon.

A sus años, tras su leyenda y con su experiencia en los escenarios, The Who tenía nada que comprobar. No había expectativas que cumplir, ni temores a los que someterse sobre su presentación. El público los recibió con brazos abiertos, a pesar de los años de espera que sólo supieron como acumular las ganas del espectáculo impecable del que fueron testigos.

Fotografías de Miguel Fuentes.

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